J.R. prende la computadora. Afuera hace un día gris y asfixiante. Antes –recuerda, mientras su asistente, M.L, le sirve un café aguado con una sonrisa tímida- los días habían sido distintos. Antes –mucho, mucho antes- su vida había sido distinta. Le parece recordar que hubo días de sol alguna vez, antes de que comenzaran las lluvias. ¿Cuándo empezaron las lluvias?¿Cuántos años ya? La pantalla parpadea y J.R ajusta el monitor. Como cada día, abre el programa para revisar una infinita lista de IPs.
Enciende la impresora y ésta escupe una interminable lista de peticiones. No se puede fumar, pero de todas formas J.R prende un cigarro. Nadie viene nunca a esta oficina de todas formas. Las IP’s parpadean frente a él, esperando. Esperando.
-Un número del uno al cien- pide J.R sin mirar a su triste asistente
-¿El trece?
-Va
Ella responde sin mirar, como cada día. J.R se pregunta si M.L sabe que está delegando la responsabilidad de la muerte sobre esta elección aparentemente inocente. Probablemente lo sepa, porque cada día M.L se ve más desmejorada. Como él. Como todos. ¿Cuándo fue la última vez que vio el sol? Vagamente intenta recordar si es normal que las lluvias duren tanto. Abre una pantalla con los datos de la IP número trece. Un nombre de hombre que no le dice nada. Podría ser cualquiera, incluso él mismo. Pero ya no se pregunta de quién se trata. Simplemente copia los datos y los envía a la central. Rutinariamente. Sabe que probablemente esté enviando al hombre a la muerte, pero prefiere no pensar en ello. Prefiere tratar de recordar los días de sol. Los días en que soñaba con abrir una página web donde la información se construiría entre todos. Los días en que abrir un blog no era un acto suicida. Los días en que teclear la palabra equivocada en la barra de búsquedas de Google no significaba poner en marcha un perverso e infalible sistema de caza y captura. Los días en que él era quien tecleaba esas palabras, y no quien estaba del otro lado de la pantalla, cazando nombres sin piedad, al azar.
Los buenos días de la web. Los viejos buenos días, antes de que comenzara a llover. Cuando cazar IP’s lo hacía por diversión y no en una oficina donde no se puede fumar y aún así se fuma.
-Un número del uno al cien- pide de nuevo J.R. Sin girarse. Esta vez M.L no contesta.
-Un número del uno al cien- repite. Ahora si la mira. ¿Pues qué le ocurre?
-El sesenta y ocho.
-No, ese no, dame otro.
-El sesenta y ocho- insiste ella.
J.R. aplasta su cigarro en el cenicero. ¿Cuánto hace que no sale el sol?¿Quizá afuera esté saliendo el sol ahora mismo. ¿Cómo saberlo? M.L observa sus movimientos cuidadosamente. La mano sobre el mouse. La otra tamborileando sobre el teclado. Indecisa. El cursor del mouse deslizándose suavemente sobre la pantalla parpadeante. Dudando. Dudando. ¿Cuánto hace que no sale el sol?
Imagen: PateandoPiedras
